Alimento espiritual sólido

Pablo, como buen pastor, desea que el rebaño de Cristo tenga siempre un alimento espiritual sólido. El centro de ese alimento es la noticia que sostiene toda nuestra fe: Jesucristo vive.

Por eso, donde hay cristianos siempre existe una razón para celebrar y una fuerza para la misión: Cristo resucitado. Sin Él no habría nada que anunciar ni motivo para creer. Recordar a Jesucristo vivo significa reconocer su presencia activa y vivir cada día en comunión con Él.

Sin embargo, existen fuerzas que buscan apagar esta verdad, promoviendo el olvido de Cristo. Como creyentes, estamos llamados a resistirlas proclamando que la victoria, el honor y el poder pertenecen al Señor para siempre.

En el Evangelio, Jesús dialoga con los escribas, hombres dedicados al estudio de las Escrituras. Aunque su labor era noble, muchos habían caído en la búsqueda del prestigio y en discusiones interminables que los alejaban del verdadero sentido de la Palabra de Dios.

Cuando le preguntan cuál es el mandamiento más importante, Jesús responde sin dudar: amar a Dios. De este amor nace todo lo demás, incluso el amor al prójimo. Por eso conviene preguntarnos con sinceridad: ¿es Dios mi amor principal, total y definitivo? Si no lo es, aquello que ocupa ese lugar se ha convertido en mi verdadero dios.

La enseñanza de Jesús es también un camino de vida. Lo primero no es solo lo que viene antes en el tiempo, sino lo que orienta nuestras intenciones. Seguir a Cristo implica examinar constantemente nuestro corazón y permitir que nuestras acciones sean iluminadas por el amor de Dios, un amor que nunca se apaga.